7/29/2017

Chicago Tribune sobre opositores venezolanos

" Ellos no son resistencia, son matones"
“Todos merecen morir: Militantes opositores de Caracas juran tomar las armas con cócteles molotov”, tituló ayer el Chicago Tribune su artículo sobre los acontecimientos en Venezuela y, por primera vez, desde abril, un medio de gran circulación en Estados Unidos reveló el verdadero rostro de la oposición venezolana.
La maquinaria mediática internacional ha presentado hasta hartazgo como embajadores pacíficos y legítimos del cambio en el país sudamericano, pero la realidad es otra muy distinta.
Los verdaderos objetivos  —la ingobernabilidad política y el caos para presionar la salida del Presidente Nicolás Maduro—, “se les ha ido de las manos”, admite un dirigente opositor. Mientras, sectores cada vez más amplios de la población, incluidos muchos de las filas que adversan al gobierno, reclaman desesperadamente la paz.
“Estaba tranquilo el sótano húmedo del noroeste de Caracas, donde docenas de jóvenes y mujeres se sientan en el suelo y ensamblan sus armas. Vierten asfalto, gasolina y pintura en botellas de cerveza, y atan nudos en tiras de tela para hacer mechas”, describe la periodista Noris Soto, corresponsal de Bloomberg, que firma la nota.
“Todos ellos merecen morir”, dijo uno de los fabricantes de bombas, mientras rellena un frasco de gasolina, refiriéndose a las fuerzas de seguridad venezolana.
Es demasiado pronto para saber si realmente van a seguir adelante con sus amenazas, pero la audaz conversación es “una señal preocupante para los líderes de la oposición dominante que han emitido instrucciones —súplicas, recientemente— para que las manifestaciones y las marchas sean pacíficas”.
Pero esos llamados caen cada vez más en oídos sordos, añade Chicago Tribune. “Los activistas enmascarados lanzan sus bombas caseras, rocas, jarras llenas de heces, cualquier cosa que puedan conseguir. Han asaltado edificios de oficinas, destruido las ventanas de las tiendas y bloqueado los caminos.”
“No sabemos exactamente cómo controlarlos y tenemos miedo de que esto se pueda ir de las manos y dañar nuestra lucha”, dijo el diputado de la Asamblea Nacional, Ángel Alvarado, un viejo enemigo de Maduro y su predecesor y mentor, Hugo Chávez. “Estos muchachos radicales son un peligro”.
Chicago Tribune describe a estos “muchachos” como “agitadores vestidos con cascos de moto y bicicleta, gafas de natación y máscaras de gas, algunos llevan escudos hechos de antiguas patinetas”.
“Estamos dispuestos a salir con armas, para enfrentarlos como iguales”, le dijo uno de ellos a la periodista, negado a dar su nombre y describiéndose solo como un luchador anti-Maduro de una familia de clase media. “La protesta debe evolucionar”.
Chicago Tribune recuerda los reclamos de paz del Presidente Maduro, que frente a esta arremetida de la violencia ha propuesta la elección de una Asamblea Nacional Constituyente el próximo 30 de julio: “Lo que estamos decidiendo aquí es que la próxima semana se decide la paz o la guerra, la violencia o la Asamblea Constituyente”.
“La desafiante intransigencia de Maduro frente a la oposición generalizada es la prueba, según los radicales, de que necesitan los cócteles Molotov, incendiar ocasionalmente los vehículos gubernamentales o incendiar la basura.
“La opinión de los más conservadores de la coalición anti-Maduro es que ya han ido demasiado lejos. ‘Hay un ambiente de anarquía’, dijo Ramón Muchacho, alcalde del distrito de Chacao de Caracas, que es la base central para las protestas en la capital. ‘Y hay grupos de personas que se aprovechan de la situación’.
“Son iguales a los saqueadores que usan máscaras cuando saquean tiendas. Son delincuentes explotando el caos en la calle, dijo Fernando Fernández, dueño de una tienda de licores en Caracas. Una docena de ellos rompieron la vidriera de su negocio el viernes pasado y se llevaron el licor. ‘Esta es la primera vez que ocurre algo como esto’, dijo. ‘Ellos no eran la resistencia, eran matones.’”

Una vez más: ignominia y sumisión del gobierno mexicano

Cuauhtémoc Cárdenas         La Jornada

Enojo, irritación, encabronamiento?¿Vergüenza, lástima?, son sentimientos que se agolpan frente a la pusilánime e ignominiosa actitud del gobierno mexicano, que se rebaja para acatar la instrucción del gobierno de Estados Unidos, de su presidente, al entrometerse en la política interna de Venezuela y declarar, oficialmente, que aplicará a 13 funcionarios o ex funcionarios venezolanos las mismas sanciones que decretara el gobierno de Trump, sin siquiera presentar argumentos propios para sustentar estas medidas, en un claro sometimiento intervencionista y servil.
Esta incondicional sumisión a la prepotencia trumpiana contradice todo lo que en el pasado se llamó la política exterior mexicana, reconocida por la defensa, rescate y ejercicio de la soberanía nacional, el respeto a la autodeterminación y a la no intervención, la preservación de la paz y la búsqueda del diálogo y la negociación en los conflictos internacionales, abandonada paso a paso por los entreguistas gobiernos neoliberales, nunca por cierto, tan absolutamente ignorada como por la administración actual.
Puede haber, y es totalmente válido, simpatía o antipatía hacia el actual gobierno venezolano, pero resulta inadmisible que en función de una antipatía impuesta desde el exterior, oportunista y convenenciera en el caso de los funcionarios mexicanos, el gobierno de nuestro país se preste a conducta tan abyecta. Pudo haberse intentado buscar el diálogo entre las partes confrontadas, respetando siempre su respectiva autonomía y el marco que establecen tanto las leyes nacionales, como los acuerdos internacionales aplicables en el caso, rotos éstos por la indebida intromisión de la autoridad mexicana.
Quienes en México buscamos la vigencia plena de un Estado de derecho, la observancia de los compromisos internacionales, el respeto a los derechos consagrados en la Carta constitutiva de la Organización de las Naciones Unidas y los correspondientes al ámbito continental, exigimos al gobierno mexicano que se disculpe ante el pueblo y gobierno venezolanos, así como ante las comunidades latinoamericana e internacional por esta lamentable violación a nuestras propias leyes y a los principios de una sana convivencia internacional.
Esperar dignidad donde sólo hay entreguismo y abyección, resulta una aspiración perdida. Pero en la lucha estamos y en ella seguimos.
Ciudad de México, 28 de julio de 2017

America Latina a la hora de Venezuela

 Marcos Roitman Rosenmann          La Jornada

El presidente Nicolás Maduro no me gusta. No me cae bien. No apoyo a un gobierno con semejante personaje. Es impresentable. Con estos argumentos, intelectuales de la izquierda social y política se suman al rechazo a la convocatoria a la Asamblea Constituyente, descalifican al gobierno y justifican la negativa de la oposición a reconocer la legitimidad de la convocatoria. Se han dejado llevar por emociones primarias, bastardas, pero necesarias a la hora de avalar el golpe de Estado que, desde España, Felipe González se atreve a pedir airadamente a las fuerzas armadas. ¡Por favor, desenfunden sus armas contra el dictador! ¡Muerte al tirano!
A mí tampoco me gusta Donald Trump, Mariano Rajoy, Michelle Bachelet o Mauricio Macri, por citar algunos, pero no por ello desconozco la legitimidad de sus gobiernos. Tampoco me gustan algunas medidas implementadas por Evo Morales en Bolivia o el ex presidente Rafael Correa en Ecuador, ¿y qué? Sé diferenciar mis gustos, además cuestionables, de una crítica política. ¿Acaso soy alguien para determinar con quién debe casarse, qué amigos o enemigos debe tener Nicolás Maduro? Transformar el debate político en un problema emocional es un síntoma de la debilidad de la derecha internacional para argumentar contra el gobierno constitucional de la República Bolivariana de Venezuela. No tienen bases para descalificar la convocatoria. Las propias sanciones implementadas son muestras de su escaso poder para frenarlo, no hablan de su fuerza, sino de su debilidad. Es un paso más en la escala de sedición tendente a provocar una guerra civil, cuando no, ensayar, por primera vez, en América Latina, un gobierno de facto, apoyado por Estados Unidos, España y algunos países latinoamericanos.
La elección de representantes a la Asamblea Constituyente sintetiza, excepcionalmente, la estructura social y de poder sobre la cual se asienta la lucha de clases en Venezuela. Seguramente, algunos, consideren esta afirmación una reminiscencia. En Venezuela se condensa la historia de América Latina. Durante una década hemos visto circular los estratagemas destinados a derribar un gobierno constitucional, diseñados durante dos siglos.
Hubo tiempos en los cuales la derecha se vanaglorió de llevar a cabo sus planes de manera expedita. El recurso del golpe de Estado militar se acompañaba de un breve periodo desestabilizador. La agenda contenía un plan de boicot interno e internacional. Bloqueo económico, desabastecimiento, asesinato político, huelgas empresariales, cierres patronales, inflación, mercado negro, movilización callejera, declaraciones altisonantes de personas y organismos regionales denunciando torturas, persecución a periodistas y detenciones arbitrarias de políticos opositores, en definitiva, una sociedad dividida por el odio y la lucha de clases. Un coctel embriagador de efectos inmediatos.
La instrumentalización de organizaciones regionales, gobiernos amigos, empresas trasnacionales tenía efecto inmediato. Los hilos se movían rápidamente, no había tiempo para la reacción. Las fuerzas armadas, legitimadas ante el caos reinante, respondían a un SOS, para salir del atolladero. Después pocos querían asumir la responsabilidad de su llamado. Detenidos, desaparecidos, pérdida de libertades, cierre de universidades, detenciones ilegales, centros de tortura, etcétera. Miraban para otro lado y se justificaban, ellos o nosotros. Pero los considerados extremistas y subversivos respetaban el orden constitucional y fueron asesinados y perseguidos por ello. Hoy en las calles de las principales ciudades de Venezuela se queman a personas, atan a los arboles a los considerados chavistas y todos miran hacia otro lado. Es que Nicolás Maduro no me gusta. Hoy, no les resulta fácil. Ni la Organización de los Estados Americanos, ni los exabruptos de la Unión Europea, ni las amenazas de Estados Unidos son capaces de frenar el proceso constituyente.
Aunque las burguesías trasnacionales han tenido éxitos no desdeñables de golpes de Estado de guante blanco, Honduras y Paraguay, sus estrategias se decantan por el fraude electoral, la militarización de la sociedad, el asesinato selectivo de dirigentes, el juicio político, el discurso del miedo o el narcoterrorismo, frente a un posible gobierno de izquierda, intercambiando seguridad y economía de mercado por libertades públicas.El maniqueo mundo libre versuscomunismo ha debido reinventarse: ¡que vienen los populistas! Usurpadores de la propiedad privada, violadores adscritos a doctrinas disolventes de la familia, la religión y la patria, contrarios a la economía de mercado. Hay que pasar al ataque, no dejarse intimidar y actuar sin remordimientos. Es la guerra.
¿Cómo hacer posible una movilización social que secunde tal discurso? Es necesario horadar el proceso político, hacerlo sangrar por todos sus poros. Se trata de mostrar un cuerpo político agonizante. Mejor el suicidio, el abandono, la rendición. No hay nada que hacer. Lo más sensato, entregar el poder. Además, dicen, el proceso entró en una etapa de putrefacción, muchos abandonan el barco y tratan de reubicarse para un cambio político en el corto plazo. Lo más correcto es promover un réquiem y mantener el argumento: Nicolás Maduro no me gusta, mirar hacia otro lado y buscar una solución al margen de la legalidad.
Nicolás Maduro es un tirano, autócrata y sátrapa, lleva a Venezuela a la destrucción. Aunque no sea verdad, hay que falsear los datos, contratar meretrices que difundan el bulo, y lo cierto es que no faltan. Ex presidentes, mandatarios, ministros, intelectuales arrepentidos, todos obedecen a la misma voz. Estados Unidos, la Unión Europea, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional. Todos a una: Nicolás Maduro no es quién para ser presidente de Venezuela, aunque lo elijan sus conciudadanos. Nicolás Maduro no me gusta. Muerte al tirano.

Abyeccion Total - Helguera


EL ULTIMO TREN

Mario Quijano Pavon   "Pomponio"

VI.    El 88

Mientras Cervantes destrozaba a Mozart yo me encontraba hacinado entre la bola de infelices que la leva había levantado. Había dejado de llorar.  Ya no tenía más lágrimas.  Además que el ambiente no era propicio para mostrar debilidad. 

Hoy puedo decir que la Grilla, mi Dulcinea del monte, sería la primera, que no la última, mujer por la que arruine mi vida.  Y también sería la primera cabrona que me rompería el corazón. Pero nada de esto me preocupaba en esos momentos pues al fondo de la plaza, enfrente del edificio jodido que atrevían a llamar la “comandancia” pude observar al rural Cárdenas hablando con un oficial.   

--Traje cincuenta cabrones, mi capitán --explicó Cárdenas.   

Los hijos de puta rurales habían levantado peones en todo el pueblo, sin respetar que algunos eran apenas niños o ya eran ancianos. 

El oficial nos vio con un mal disimilado desdén.  Era un catrín muy prendidito con el pelo todo envaselinado. Sus botas federicas eran lustrosas y portaba en sus manos enguantadas un fuete.  Era Cervantes que finalmente se había dignado emerger del cuchitril donde hacia su oficina, aunque en esos momentos yo desconocía su nombre.

--Ya ni la chinga, mi cabo.  ¿De dónde agarro tanto infeliz jodido? Apuesto a que estos cabrones casi ni hablan español –dijo Cervantes riéndose--.  Servirán, acaso, para carne de cañón.

--No les confié, mi capitán. Hay varios que son rete broncos --Cárdenas me apuntó--.  ¿Ve a ese cabrón chamaco? Mató a dos de mis hombres a machetazos. No lo fusile nomas porque tenía que completar la cuerda. Es todo un asesino.

--¿Ah sí? –contesto Cervantes retorciéndose el bigotazo a la káiser--.  Pos se lo voy a encargar al sargento Toribio. Ese es un verdadero hijo de puta y le va a quitar lo machito.

Para esas alturas, así hambriento y adolorido como estaba, no me importaba si me asignaban a las órdenes del mismo diablo. Pero en eso vi que una mujer se le acercaba a Cárdenas y mi corazón sufrió un sobresalto. Me paré todo adolorido de la loza. Era la Grilla. No pude evitarlo. Me dirigí a ella.

--¡Sois mi cielo! ¡Mi sol! --exclamé aproximándome a ella con los brazos abiertos.

La mujer, que le llevaba un taco al tal Cárdenas, me observó con asombro. Era evidente que se había “arrejuntado” con Cárdenas.

No llegue ni cerca. Un culatazo me tumbó. 
 

--¡Regrésese al redil, cabrón! --me dijo uno de los juanes que me había soltado el marrazo.

--¿Ya vide, mi capitán? --dijo Cárdenas--.  Yo que usted lo mandaba fusilar. A menos que crea poder domar a ese cabrón.
 

Cervantes oyó las palabras retadoras de Cárdenas y se puso morado.

Escupí unos dientes y sangre. Pero lo que más me dolió fue la risa de la Grilla. Como dije, ahí mismo me rompió el corazón.

--No se preocupe Cárdenas –contesto Cervantes con voz patibularia.  Él tenía poderosas razones (que ustedes ya conocen) para mostrarle a Cárdenas que sí, si era un todo hijo de la gran puta. 
 

El oficialito se me acerco y me dio un fuetazo inmisericorde.  

--¡Este cabrón va a aprender a respetar! –grito Cervantes--. ¡A ver, sargento Toribio! ¡Agarre a este cabrón y pásenlo por cajas de inmediato! ¡Está bajo su mando de ahora en adelante! ¡Póngale una chinga de perro bailarín para que se le quite lo gallito!

El tal Toribio era un indiote con cara de asesino con una cicatriz que le dividía la nariz. Ordenó a sus gentes que me llevaran ante una mesa improvisada.

--¿Nombre? --preguntó un sargento pagador.

--Manuel Pavón.

--Ponga su cruz aquí, en la raya.

--Sé leer y escribir.

--Pos jirmele entonces.

--¿Este pendejo sabe leer y escribir? –pregunto Cervantes con curiosidad.  
 

Debo apuntar que el ejército porfiriano, sobre todo los infelices que levantaban de leva, no se comparaba al cuerpo de ejército de oriente del inmortal Zaragoza donde la mayoría, si, aunque usted se asombre, sabía leer y escribir.  No, el ejército de don Porfirio era puro proletario que el dictador mandaba a combatir al mismo pueblo al que pertenecían. 

El hijo de puta de Cervantes se me acerco y me levantó la cara con el fuete.  

--No está mal. No es algo de lo que le presumiría a Ignacio de la Torre y Mier, pero no, no está mal. ¡Báñenlo y asígnenlo a mi servicio!

--Es un asesino, mi capitán –advirtió el sargento Toribio--.  Déjele que lo quebré y se lo suelto.

--No, sargento.  Así me gustan, broncos --respondió el capitán acicalándose el bigote y alejándose.

Te hubiera ido mejor conmigo, muchacho --me dijo el tal Toribio en voz baja--. Yo solo te partiría la jeta pero te haría soldado. Ese puto del capitán Cervantes te va a querer hacer mujer. ¿De dónde eres?

--Soy de aquí Coscomatepec, mi sargento.
 

Sucedió entonces uno de esos hechos que solo ocurren en la imaginación febril de ciertos escritores entre los cuales, por supuesto, no puedo colocarme.  Suplico su tolerancia, lector.  Mire, si usted cree que Thenardier pudo encontrar al coronel Pontmorency entre la caballada muerta en el camino hundido ese en Waterloo –tal afirma el genial Víctor Hugo—pos no se asombre de lo que me sucedió después.

¿Eres de los Pavón de este rumbo?

--Sí, mi sargento.

--¿Conoces a Francisco Pavón el maestro?

--Sí, mi sargento. Es mi tío.

--¡Puta madre! Fuimos amigos de chamacos. Escucha, muchacho, te voy a ayudar. Quítame el rifle y dame un guamazo. ¡Hazlo!

Sin pensarlo más hice así.  Le arrebate el máuser y tumbe al sargento de un culatazo (a pesar de nunca haber manejado esta arma) y me temo que le hice escupir varios dientes.  Ya se imaginaran.  Los otros soldados me dieron de golpes de inmediato.  Y se armó toda una bronca. El caso es que esa noche dormí preso y encadenado en un vagón de ferrocarril que usaban de calabozo.  Pero por lo menos no dormí en la alcoba del capitán Cervantes. La única bronca era, como me explicó el sargento Toribio, que se supone que me iban a pasar por las armas al amanecer.

--¡Ay Dios! --gemí.

--No chille Pavón --se rio el sargento—pórtese hombrecito cuando este frente al pelotón. 
 

El fulano había tomado de buena manera el golpazo que le di.  No le tenía mucha simpatía a Cervantes. 

--¡Puta madre!  ¡Estoy muy joven para morir!  ¿Y que será de la Grilla? 

--¿Quién? 

--Olvidelo mi sargento –respondi tratando de calmarme. 

--¡No chingues!  Escucha, muchacho, no te van a fusilar.  Veras, ya llegó la orden de montarnos en el tren para el norte –explico Toribio--. Con la corretiza ni quien se acuerde de ajusticiarte. No somos el ejército prusiano, chingaos, donde son muy detallistas los cabrones.  Además ya le dije al coronel que si ocurrió lo que ocurrió fue porque no quería que Cervantes te pisara. El coronel ya conoce a Cervantes y entendió. Te aconsejo que no te le acerques al capitán de ahora en adelante, no sea que si te pase por las armas.

No pude evitar temblar. ¡Iba a vivir!  ¡Si!  ¡Aun en medio de este infierno viviría un poco más!
 

--¿Nos vamos a ir hoy, mi sargento? –mi respeto y agradecimiento a ese hosco soldado era sincero.

--Si, primero a Orizaba y de ahí rumbo al norte. Vamos a partirnos la madre  con los maderistas. Don Porfirio no va a entregar la silla ansina nomas. Va a haber bronca. Tú haz lo que te digo y estarás a salvo.  Bueno, eso creo.

Y si, una hora después me soltaron calladamente sin hacerla de tos.  Mis compañeros de leva y yo fuimos vestidos en el uniforme típico del pelón federal: el pelo cortado a rape para medio evitar los piojos, un quepí de tiempos de Juárez, un fusil mohoso, pantalones y camisa de caqui, y huaraches. Entre mentadas y juramentos subimos la caballada a los trenes y luego nos encaramamos (como pudimos) encima de estos.

Finalmente la maquina silbó tres veces.  ¡Estábamos en camino! Entre la gente que se arremolinaba en la estación creí ver a Cárdenas con la Grilla al brazo. Una tristeza tremenda me embargó. No me importaba ya morir. Me desquitaría con los maderistas, pensaba. Jure entonces que algún día mataría al tal Cárdenas. Lo volvería a ver, si, en Ciudad Juárez y luego me lo encontraría en una noche horrible, en febrero de 1913, atrás de Lecumberri, cuando él estaba a cargo del piquete –y yo entre ellos—que escoltaba a los señores Madero y Pino Suarez a su Gólgota. Pero esa historia la relatare más adelante.
 

Vide desaparecer las torres de mi querido pueblo y si me puse a llorar aunque con disimulo.  El ramal de vía angosta eventualmente nos llevó hasta Orizaba.  Ahí nos cambiamos a otro convoy. Se repitió el desmadre de bajar y subir la caballada y cargar la impedimenta.  Por supuesto, yo estaba ciscado todo el tiempo temiendo que me encontraría otra vez a Cervantes.  Pero ese cabrón parece que se subió al vagón de los oficiales y se puso a chupar mezcal mientras los jefes se encargaban de organizar el traslado. 

El que si estaba todo el tiempo en el andén vigilando todo con ojo de águila era el coronel, un fulano gordo y cachetón como de unos cincuenta años.  Era evidente que Toribio y el resto de los jefes los respetaban y obedecían sus órdenes sin chistar. 

--¿Cuántas gentes tenemos ya Toribio?  --pregunto el coronel. 

--Entre mi gente y la de los otros jefes creo que andamos por 600 ya mi coronel. 

En efecto, en Orizaba se nos habían unido más levas, en su mayoría indígenas del rumbo de Zongolica.  El coronel ordeno formarnos para ser inspeccionados.  Esto tomo un tiempo y muchas mentadas de madre de los jefes.  La razón pronto se hizo evidente. 

--A ver, ¿Cuántos de ustedes hablan español? –pregunto el coronel. 

Yo y unos cuantos más, no muchos, alzamos la mano. 

El coronel sacudió la cabeza.  Ordeno entonces que se aproximara otro jefe, un tal sargento Domitilo, que hablaba náhuatl, lengua que domina en la sierra negra.

--A ver, Domitilo, quiero dirigirme a estos cabrones.  Traduce lo que les diré. 

Y el coronel comenzó su perorata. 

--¡Soldados!  ¡Bienvenidos al glorioso 88 batallón de infantería! 

Me temo que el tal Domitilo era un cabrón, tal vez maderista o magonista encubierto o que se yo.  Yo medio mascullaba el náhuatl y esto fue lo que el tal Domitilo les dijo a los infelices que había levantado la leva: 

[¡Ya se los llevo la chingada cabrones! ¡Bienvenidos a este cuerpo jodido!] 

El coronel continuo sin tener idea de lo que Domitilo había traducido.

--¡Los felicito pues tienen la misión sagrada de defender a las instituciones combatiendo a los rebeldes y agitadores maderistas! 

[¡Don Porfirio esta terco en morirse en la silla y por ello ustedes van a ir a dejar sus huesos al norte!] 

--¡Sepan ustedes que este batallón se cubrió de gloria en Padierna combatiendo a los gringos!

[¡A este batallón le partió la madre los gringos por culpa de unos mandos pendejos y ahora nos va a volver a pasar igual!] 

--¡El 88 ha cubierto de gloria las armas mexicanas!  

[¡Chinguen a su madre los putos gringos!] 

Por lo menos al traducir esto Domitilo si hubo una reacción favorable de los enganchados.  Nadie quería a los gringos. 

El coronel se había entusiasmado viendo la exaltada reacción de su tropa pensando que ardían en ganas de morirse por don Porfirio. El coronel entonces asumió la típica retorica patriótica. 

--¡No permitáis que el enemigo os arrebate estas sagradas enseñas!  ¡Mostraos duros y valientes ante él!  ¡No le tengáis misericordia!  ¡La patria tendrá laureles de victoria y vos un sepulcro de honor! 

[¡Si!  ¡Ya nos llevó la chingada pues tenemos puros pendejos al mando!  ¡No se hagan ilusiones!  ¡Son hombres muertos cabrones!  ¡Y todo para que ese viejo puto siga mangoneando!] 

--¡La nación se enorgullece de ustedes!  ¡Sois los hijos más valerosos de México! 

[¡Y ni intenten juyirse al monte porque los agarraremos y los fusilaremos de inmediato!] 

--¡Viva Porfirio Díaz!  ¡Mueran los que atentan contra las instituciones que han hecho de México lo que es hoy! 

[¡Que se pudra el viejo puto!  ¡Que chinguen a su madre el gobierno federal y los pendejos que nos comandan!] 

Gracias a Dios que termino la arenga.  Fue murmurando, con ojos desorbitados y muy pálidos que la tropa del 88 batallón se encaramo, resignados, sobre los vagones.  Tiempo después me entere de lo que Kemal Ataturk le había dicho a sus tropas en Galipoli cuando se les vinieron encima los ANZACs: “no estáis aquí para detener al enemigo sino para haceros matar y darle tiempo a nuestros refuerzos a que lleguen”.  Creo que Kemal fue más honesto que el coronel.  ¿Por qué dorarle la píldora a la tropa diciéndole zalamerías pendejas al estilo del coronel?  Domitilo hizo lo correcto, desde ese punto de vista, al decirle la verdad a la tropa, aunque el efecto fue brutal en nuestra moral. 

--Los veo muy callados Domitilo –observo el coronel. 

--Ansina son estos pinches indios, mi coronel.  El fervor patrio no les cabe en el pecho y no saben que decir.  Ya vide que ni hablan español.

EL ULTIMO TREN

Mario Quijano Pavon   "Pomponio"

V.      Cervantes 

El capitán de caballería José Guadalupe Cervantes era un hombre alto, bien formado, con el bigotazo a la káiser de rigor.  Su uniforme era elegante y las botas federicas eran lustrosas igual que las espuelas de plata.  El pelo, que ya pintaba unas cuantas canas pues tenía 36 años, estaba cuidadosamente peinado y fijado con brillantina.  Sus manos, enguantadas en piel de ante, eran pequeñas, casi femeninas. 

Cervantes se sirvió un trago de mezcal.  Aborrecía esta bebida pero hacía meses que no había visto una botella de whisky.  Afuera del miserable inmueble que era la comandancia de la plaza de Coscomatepec se oían gritos y mentadas de los jefes pastoreando a la gente de leva que acababan de levantar.  Cervantes maldijo quedamente con disgusto ante esos gritos y se tomó el trago de un solo sorbo. 

El capitán era hijo de una familia acomodada de Guadalajara.  Su padre era médico y muy respetado en la comunidad.  Cervantes era el menor de tres hermanos.  De los dos más grandes, uno había estudiado medicina y empezaba exitosamente su carrera trabajando bajo la tutela de su padre. El otro había asumido el sacerdocio y era ya secretario particular del arzobispo.  Se auguraba muchos éxitos para los dos hermanos. 

Cervantes, por su parte, era melancólico y solitario y de frágil salud.  No había destacado académicamente.  Francamente, su padre se sentía desilusionado con él.  Desafortunadamente, el padre no oculto sus sentimientos.

Ahora bien, por lo general no falta un anciano judío de piochita que se pone a hacer toda clase de conjeturas sin sentido acerca de la psicología de personas como Cervantes, el cual, digámoslo abiertamente, era homosexual.  Yo más bien creo que si Cervantes resulto como era pos era porque “ansina lo hizo Dios” y no soy nadie –y dudo que usted lo sea, estimado lector-- para juzgarlo. 

El caso es que fue una sorpresa para su familia cuando Cervantes anuncio su intención de entrar al H. Colegio Militar y ahí comenzar una carrera en la milicia.  Su familia, si, sintió cierto orgullo por ello aunque no entendían por qué Cervantes se inclinaría por una profesión tan azarosa, siendo tan delicadito.  La realidad era que, para Cervantes, la compañía de los hombres le era atractiva.   

Entiéndase que la homosexualidad entre la elite militar mexicana, un secreto a voces, no era exclusiva de nuestro país.  Por ejemplo, en Potsdam, el estado mayor del ejército alemán estaba lleno de “locas”.  E igual pululaban en la marina la Kaiserliche Marine, al grado que el mismo kaiser se quejo con el almirante von Tirpitz que su estado mayor estaba“demasiado bonito”.  ¿Y qué decir del ejército inglés?  Ahí ni disimulaban los cabrones y no faltaban oficiales que rehusaban una prestigiosa comisión en el Coldstream Guards y preferían incorporarse a un batallón escoces donde el uso del kilt o falda era de rigor.  El caso es que tal inclinación nunca ha sido obstáculo para ser un buen militar y de esto abundan los ejemplos.   

Y si, Cervantes resulto ser buen militar.  A pesar de la brutal disciplina que prevalecía en el H. Colegio Militar Cervantes sobresalió.  Resulto ser un jinete excelente y diestro en el uso del arma blanca.  No, no era erudito, pero para entrarle a la caballería es requisito ser medio bruto, según he atestiguado.  ¡Imagínese montar una yegua a todo galope y saltar entre los acantilados y cañadas y nopaleras que el ejército mexicano usaba para entrenar a sus jinetes!  Más de un cadete se había matado “entrenándose”.   

Sus calificaciones en el H. Colegio Militar siempre fueron de “excelente”. Y así un buen día Cervantes se encontró entre la guardia personal del dictador, Porfirio Díaz, vistiendo los suntuosos uniformes que estos portaban y montando los trakener pura sangre que el dictador había mandado traer desde Europa.  (Estos caballotes no estaban hechos a los calorones y “abruptas serranías” del bolsón de Mapimi y valían para pura y celestial chingada pero se veían rete bonitos en los desfiles.) 

El mismo dictador lo aplaudió y lo señalo en uno de los festivales militares que se organizaban el campo Marte a los que asistía don Porfirio y su sequito.  Cervantes, a todo galope, salto hábil y espectacularmente su yegua sobre unos obstáculos formidables.  Fue entonces que don Porfirio lo señalo y dijo:  

--¡Ese oficial es lo que los gabachos llamaban un beau sabre! 

Todos los lambiscones presentes tomaron nota del elogio e inevitablemente Cervantes también atrajo la atención de Ignacio de la Torre y Mier.  Este era un hacendado de Morelos y yerno de don Porfirio.  Este fue encargado por don Porfirio para dar las preseas del caso.  Al recibir Cervantes su medalla del hacendado tal vez sus miradas se sostuvieron una fracción de segundo en demasía.  Pero fue suficiente para reconocerse.  La homosexualidad de de la Torre y Mier era un secreto a voces en Chapultepec. 

Si, el dictador sabia de las tendencias de de la Torre y Mier.  Pero mientras practicara el llamado “vicio griego” con discreción no había ningún problema.  Su hija lo amaba pues, en justicia, si era buen marido y para don Porfirio era razón de realpolitik tener en su familia a un fulano tan influyente en el sur, “aun si era joto” como decía el viejo.   

Así fue como Cervantes y de la Torre y Mier se conocieron y se relacionaron.  Llegaron a ser íntimos (por supuesto).  Esto resulto en el ascenso a capitán de Cervantes.  Su carrera militar estaba boyante.  No tardaría mucho, le aseguraba de la Torre y Mier a Cervantes, para que una aguilita de general se le posara en el kepi.  Sus méritos eran tales (no los detallare), opinaba el hacendado, que esto era inevitable.
 
Todo se vino abajo en medio de un escándalo que se grabó en la historia mexicana.  Hubo una tertulia convocada por de la Torre y Mier.  Ya se imaginaran.  La policía capitalina se enteró e hizo una redada (al responsable luego lo pusieron como perro bailarín y no lo bajaban de pendejo).  Arrestaron a todos los asistentes, 41 en total, incluyendo al hacendado morelense y a Cervantes (este último estaba vestido como la Catrina de Diego Rivera).  

Por supuesto, de la Torre y Mier no estuvo más que unos cuantos minutos en la barandilla.  De inmediato vino la orden “de arriba” de sacarlo. Cervantes no fue tan afortunado.  Paso esa noche en la chirona.   

El régimen maiceo a los medios para callar lo que había sucedido.  Pero la noticia cundió de todas maneras.  La plebe empezó a preguntar con malicia que ¿quién había sido el “41” que había salido libre de inmediato? 

Por lo que toca a Cervantes, salió al día siguiente bajo una fianza que el ejército pago discretamente.  Afortunadamente, no había trascendido que un oficial del estado mayor presidencial había sido uno de los arrestados en la razzia.  Y es que con dinero baila el perro.  Sin embargo, la cúpula militar tenía que actuar.  Iban a hacer un ejemplo de Cervantes para que el resto “se anduvieran derechitos”. 

Tres generalotes se reunieron para decidir sobre Cervantes.  El de mayor jerarquía era un viejo formidable con el pelo cortado a cepillo y una cicatriz horrenda que le desfiguraba la cara (el sablazo se lo había asestado un zuavo durante la defensa del Loreto).  Pero había un problema con los otros dos.  Uno de ellos había, si, asistido a la tertulia fatídica pero fortuitamente había tenido que irse temprano, antes de que la chota irrumpiera en el lugar.  El otro había estado enfermo y por tal razón no había podido asistir.  Esto lo sabía el viejo de la cicatriz y este los miraba encabronado con los ojos entrecerrados. 

--Entiendan, carajos –dijo el viejo--, que no condeno a Cervantes por puto sino por pendejo.  ¡Mira que hacerse arrestar vestido como vieja!  Creo que lo mejor sería darle cinco minutos a solas con una 45, tal y como se hace en esos casos en el ejército prusiano. 

Los otros dos generalotes cruzaron miradas y pensaron al unísono: ¡uff! ¡De la que nos salvamos! 

--Me temo, señor general, que en Alemania no lo obligarían a suicidarse por puto –se atrevió a decir uno de la pareja, recordando una noche de pasión que había tenido con un joven oficial de la guardia del Kaiser durante una misión militar que don Porfirio había mandado a Berlín. 

--¿Ah no?  ¡Pos que se suicide por pendejo!  --grito el viejo--.  Le ha costado una feria a la presidencia tapar el escandalo con de la Torre y Mier.  ¡La puta plebe ya ha hecho toda clase de chistes obscenos sobre el tema! 

--Pues no veo porque perjudicar a Cervantes si de la Torre y Mier ya la libro.  La plebe siempre andará de hocicona –contesto el otro generalote. 

--¡Me lleva la chingada! –rugió el viejo que intuía que los otros dos estaban tratando de proteger a Cervantes por cojear de la misma pata--.  ¡No compare a Cervantes con el yerno del presidente! 

--No creo que sería practico que se suicide o que lo “suicidemos”, mi general.  Tampoco sugiero que lo reduzcamos de rango.  Todo eso atizaría el escándalo. 

--¡Pos algo tenemos que hacer con ese cabrón! –insistió el viejo. 

--¿Qué tal si lo asignamos a un batallón de línea y lo mandamos al norte, sin reducirle el rango?  ¿Quesque para que adquiera experiencia? 

Y así fue como Cervantes fue mandado al norte, a Sonora, a combatir las sublevaciones de los yaquis.  Esas campañas fueron verdaderos genocidios y mancharon para siempre el honor del ejército mexicano.  Y Cervantes participo en más de una matanza de mujeres y niños indígenas.  Los últimos ápices de su decencia fenecieron entre las llamas donde se habían amontonado los cadáveres de los yaquis ajusticiados sin misericordia por los militares. 

Y es que en defensa propia Cervantes se tuvo que volver cruel.  Los rumores lo acompañaban.  ¿Por qué un oficial de las guardias presidenciales, se preguntaban irremediablemente sus compañeros, andaba en chinga en la sierra matando indios?  Y peor, la tropa era como los perros.  Olían luego luego si había algo sospechoso en los antecedentes de un oficial.  La única manera en que Cervantes podía sobrevivir entonces era volverse todo un hijo de la gran puta.  Así le tenían miedo y nadie, ni sus compañeros o la tropa, se atrevía a murmurar.   

Pero lo que más le dolía a Cervantes era encontrarse en pueblos perdidos en la sierra donde casi no había civilización.  Él, que había sido un asiduo visitante a la ópera, que bebía champagne en la cena, que portaba uniformes hecho a la medida, que acostumbraba usar colonia y que se ofendía si olía la mierda de un caballo, que dormía en camas mullidas, ahora se encontraba en el verdadero ejército mexicano, el de las tortillas viejas, los frijoles podridos, el pan con gorgojos, las mentadas de madre que azulaban el aire, los petates a manera de colchón, las soldaderas cabronas que interrumpían su marcha –brevemente—para parir un chamaco, y el olor de la soldadesca que no se bañaba en semanas porque en el norte pos nomás no hay agua. 

Pasaron los años y eventualmente Cervantes se encontró asignado al 88 batallón de infantería.  Este operaba nominalmente en la línea Coscomatepec-Orizaba-Tierra Blanca.  Acaso contaba con 250 hombres, la mayoría oficiales y jefes.  Cuando aconteció la huelga de las hilanderas hubiera sido natural que el gobierno los hubiera usado para reprimirlas a sangre y fuego.  Sin embargo, ese dudoso honor correspondió al 29 batallón de Aureliano Blanquet, traído de ex profeso desde la capital para asesinar a las obreras.  Tal parecía que al mando supremo le importaba una chingada la existencia del 88.  Era ese cuerpo donde asignaban a los oficiales en desgracia. 

Todo eso cambio cuando inicio la insurrección maderista.  Debo apuntar que Veracruz era un hervidero de rebeldes.  No, la revolución no se inició nada más en el norte.  En Veracruz abundaban los cabecillas que se alzaban en armas en todo sotavento.  En los alrededores de Puerto México (Coatzacoalcos) también pululaban los rebeldes y no había tren que no fuera asaltado o peor, dinamitado.  Y en el norte, en los feraces campos petroleros de la Faja de Oro, los ataques a los yacimientos eran constantes.  Los británicos amagaban ya con mandar a los Royal Marines para proteger los pozos.  Pero, por alguna razón, en lugar de usarlo en Veracruz, uno de los “genios” del mando supremo ordeno que el 88 se reconstituyera con gente de leva y se le mandara a Ciudad Juárez a pelear. 

Y es en medio de la inducción de las levas al 88 que nos encontramos con Cervantes, el cual trata de olvidar su situación bebiendo un humilde mezcal en lugar del whisky al que se había acostumbrado en Chapultepec. 

Cervantes saco de su magro menaje un disco y le dio cuerda a su vitrola. Tal vez, pensó, Mozart le ayudaría a olvidar las mentadas de madre que afuera se oían.  Fue un error.  La aguja, colocada aleatoriamente, había caído en el aria de Figaro a Cherubino, el Non più andrai, lo cual traduzco con poca fortuna: 

Non pui andrai farfallone amoroso, No quieras más, mariposo amoroso,
Notte e giorno d'intorno girando, Noche y día andar girando,
Delle belle turbando il riposo, Perturbar el sueño de la bella
Narcisetto, Adoncino d'amor. Narciso, Adonis del amor.

Delle belle turbando il riposo, Perturbar el sueño de la bella
Narcisetto, Adoncino d'amor. Narciso, Adonis del amor.

Fra guerrieri, poffar Bacco! Entre los guerreros, ¡jurando por Baco!
Gran mustacchi, stretto sacco, Gran bigote, entre estrecheces y
Schioppo in spalla, sciabla al fianco, Mosquete al hombro, sable a tu lado,
Collo dritto, jules is god, Cuello recto, Julio es dios,
Un gran casco, o un gran turbante, Un gran casco o un gran turbante,
Molto onor, poco contante. Mucho honor, pero poco contante.
Poco contante Poco contante
Poco contante Poco contante

Ed in vece del fandango Y en lugar del fandango
Una marcia per il fango. ¡Una marcha por el fango!

Per montagne, per valloni, Por las montañas, entre los valles,
Con le nevi, ei solioni, Bajo la nieve y el granizo,
Al concerto di tromboni, Con la música de trompetas,
Di bombarde, di cannoni, Los morteros, cañones,
Che le palle in tutti i tuoni, Entre el retrueno
All'orecchio fan fischiar. Con un collar de Orejas.
 

 ¡Cherubino, a la victoria!
Alla gloria militar! ¡Por la gloria militar!
Cherubino, alla vittoria! ¡Cherubino, a la victoria!
Alla gloria militar! ¡Por la gloria militar! 
Alla gloria militar! ¡Por la gloria military!
 

El disco se hizo mil pedazos cuando Cervantes lo estrello contra la pared.